Filosofía de la experiencia musical (primera parte)

Extraños seres que visten singulares vestiduras

Y abandonan sus heladas, misteriosas sepulturas.

En el sueño pavoroso de una noche que no acaba…

Mientras luchan en el cielo los Dragones y las Hidras

Y sus miembros desgarrados en los choques silenciosos

Ocultan con velo denso la faz de la luna lívida

Ricardo Jaimes Freyre. Castalia Bárbara

I

Los objetos de la existencia, objetos en tanto materia que nos interpela  y de la existencia en tanto esa interpelación causa algún efecto en nosotros, deben ser correspondidos amablemente por el pensamiento. Esto quiere decir que el pensamiento, que no es más que lenguaje,  debe ceder algo para recibir algo. Entiéndase bien que estoy planteándome la intención de abordar este objeto: la música.

Ante todo, el deseo de pensar la música. Hablar de música, por lo tanto. A diferencia de otros objetos de la existencia, como por ejemplo un libro, la música ofrece varias resistencias al lenguaje abstracto o, en general, al lenguaje. Un libro es un objeto hecho de pura materia significante, es decir, un objeto hecho de lenguaje. Por eso resultaría fácil hablar y escribir acerca de un libro. Al menos aparentemente pues el reto ahí es otro: evadir la tautología, esto es, decir lo que ya está dicho. Pero esa es otra problemática. Lo que ahora pongo sobre la mesa es el hecho de que la música, en tanto objeto, está formada por un material diferente al del lenguaje. Claro que es posible objetar esto arguyendo la existencia de un supuesto ‘lenguaje musical’. Asimismo,  se podría decir que la música también habla con el lenguaje propiamente dicho pues existe la canción. Sin embargo, todos estos son argumentos flojos e innecesarios. Dejemos en claro este axioma: la música, primero, es materia sonora, es decir, materia asignificante. El lenguaje en la música es un efecto, por decirlo de cierta manera, y nunca es lo que la define (lo que no significa que habría que desmerecerlo pues el papel del lenguaje en la música, específicamente en el género de la canción, es vital). Las canciones hablan, es cierto. Pero una canción no es un poema. Este es el segundo axioma. Al menos ya no. Olvidemos, para evitar opacidades barrocas, la genealogía que une a la canción popular actual y al poema escrito como lo conocemos hoy en día con los poetas cortesanos y, mucho más atrás, con el nacimiento de la poesía como mnemotecnia en la Grecia antigua. Olvidemos este argumento gracias al cual Bob Dylan recibió un premio Nobel.

Pareciera pues que intentar reflexionar sobre el hecho musical sería un ejercicio vano. Lo mismo se podría decir sobre escribir acerca de la filosofía del zen. Al hablar de la música ya no estamos en la música, al igual que ocurre hablando sobre el zen. La música ocurre en la experiencia (al oírla, al ejecutarla), el zen en la práctica (al practicar el zazen, al hacer la postura). Sin embargo, como muchos ya lo han hecho, hay que renegar de la máxima filosófica del primer Wittgenstein según la cual no habría que hablar sobre lo que no se conoce. Ahora, por lo contrario, se quisiera abundar alrededor del hecho musical con prudencia e insistencia y bajo los parámetros del ensayo. Veamos por qué.

Habiendo etiquetado a la música en el cajón de ‘objetos’ (recordemos que la palabra “play” de cualquier reproductor musical no significa rigurosamente “reproducir” sino “jugar”) virtualmente aparece la figura de un sujeto. Quisiera que por decir ‘objeto’ no se me piense devoto del espíritu cartesiano. Nada menos. Digo objeto por pura ansiedad. Deseo de sobriedad. Acá la separación objeto/sujeto no es más que un artificio para explicar algo. Esto es, que la música es un hecho que funciona como efecto de una ejecución: objeto activado por un sujeto. Esto abarca tanto al instrumentista virtuoso (o no) como al dedo que presiona el botón de play. Da igual para lo que me interesa.

Entonces, abreviando, se me ocurre que una vía apropiada para hablar sobre la música es la narración. La música, potencia que se activa por algo que existe fuera de sí misma, es susceptible de entrar en el plano de la experiencia. La experiencia, quedándonos con una definición simplona de Walter Benjamin, es el proceso del cumplimiento de un deseo. La experiencia, entonces, es duración que se inscribe en nuestra memoria. La experiencia musical es un asunto de la memoria. El gusto musical no existe a priori.

Hasta acá los términos más abstractos.  Resumo lo dicho. Considero que para poder hablar de música hay que acudir a las técnicas de la narrativa. Así, quisiera escribir una historia o, si se quiere, una crónica de mi relación con el fenómeno musical.  El hombre, en tanto sujeto de  la experiencia musical, deviene en una máquina de afectos. Recordemos la advertencia que nos hace el filósofo Michel Onfray sobre las personas que son indiferentes, “sordas” como él diría, a la música (Sigmund Freud, por ejemplo). Hay que sospechar del sordo musical: sociópata en potencia. Entiendo a la ‘sociopatía’ como un grado cero de la producción de afectos. El sociópata es una máquina afectiva averiada. El crítico musical, por el contrario, es, en la mayoría de los casos, un ser desbordante de afectividad. Efecto natural de estar expuesto de manera tan sistemática al efecto narcótico de la música.

II

¿Por qué la música y no el silencio? El horror vacui  (definición de la RAE): “locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’. Se emplea, en el campo del arte, para referirse a la tendencia a llenar todos los espacios de elementos decorativos”. Entonces, música para conjurar el horror al silencio. Lo espectral, aquello que existe entre el ser y no ser, el “tiempo disyunto que hay que reparar” (Hamlet), es siempre silencio. Los fantasmas son silenciosos. No dicen nada. En el primer encuentro con el fantasma de su padre, un soldado interpela a Hamlet diciéndole: “háblale pues tú eres un letrado (scholar)”.

Por el otro lado, en la meditación zazen, uno debe asumir una postura fija y permanecer así, impávido ante el dolor de la postura del loto (el ácido láctico en acción sobre los músculos) y, sobre todo, en silencio. En el silencio los pensamientos y afectos fluyen ferozmente. Hay que observarlos tenazmente, desinteresadamente. Como en el videojuego Mario Bros. Si miras al fantasma de frente se aleja, desaparece. Los espectros sólo se ponen agresivos cuando uno les da la espalda.

Entre las variadas y posibles posiciones, perspectivas si se quiere, para conjurar a los espectros, la melancolía destaca. Llegada cierta edad todos somos susceptibles del fetiche de la melancolía. Julia Kristeva, en un hermoso libro de sobre la depresión y la melancolía titulado Sol Negro, recomienda a la escritura como la mejor terapia contra la depresión crónica. Al igual que para el hombre musical, Kristeva sostiene que para el depresivo la cosa, su cosa, son los afectos. Kristeva no era una sorda musical. Entre todas las características de la escritura, ella destaca a la prosodia como el signo claro de la sublimación del afecto depresivo en poesía.

El año 2016, no es secreto, fue fecundo en muertes de músicos muy queridos a nivel masivo. Leonard Cohen, que era maestro zen, lanzó su disco testamento You Want It Darker. Ahora, meses después de la muerte de Cohen, escuchamos su voz como un espectro, como un fantasma en una caja. No es posible escuchar ya la música de Leonard Cohen de la misma manera en que uno podía escucharla antes de que se lo sepa muerto. En la canción “Treaty” Cohen anhela un acuerdo, probablemente con Jesús (recordemos que era judío) o, en todo caso, con una amante antigua (recordemos que fue un ladies man de vocación y que la famosa Marianne de la famosa canción homónima había muerto un par de años antes) o, tal vez, con algún antiguo maestro (recordemos que pasó sus últimos 15 años viviendo casi exclusivamente en un tempo budista en California) y se lamenta de haber convertido a ese otro/otra en un fantasma, aclarando luego que sólo uno de ellos era real y ese era él. Apresuraré una interpretación tal vez equivocada pero que me conviene. La canción es lo real y el que la escucha es un fantasma. Y no al revés. Creo que me equivoco enormemente al interpretar el sentido de la letra de esta canción (el contexto biográfico y literario de Cohen me sugieren esto) pero así está bien. La modalidad de existencia de la música, de las canciones, es siempre espectral. La música vive en potencia: en partituras, en tapes, en discos de vinilos, en memorias digitales, en instrumentos musicales de todo tipo. La música no es el medio, el que la vuelve sonora, el  que le da existencia, el que la hace real. La música ocurre en esa disyunción temporal entre lo muerto y lo vivo. Existencia fantasmal: ambivalencia ontológica. Con la música se cura la tristeza y con la música se mata la alegría. También, con la música se hace duelo. El disco de Cohen, con él muerto y con todos nuestros muertos, gira y no resuelve nada. Vivimos cada canción y la olvidamos para volverla a convocar al presionar el botón play. No estoy muy seguro si se puede resolver un duelo adecuadamente escuchando o interpretando música. Como Nick Cave y la muerte terrible de su hijo en el disco Skeleton Tree. Por ahí, en las canciones que no explícitamente tocan el tema, Cave efectúa el duelo por su hijo (creo que inconcluso pues la música no termina de resolverse, es siempre un proceso cíclico: búsqueda de un duelo que a la larga deviene en fetiche por la tristeza).

A veces, felizmente, estos fantasmas se trastornan en la noche. Tuve un sueño en el que tarareaba y cantaba algún tema de Cohen. Mi padrastro, muerto cuando yo tenía 16 años, en el sueño reconocía la canción y me hacía un gesto de aprobación. Entre mi madre, muerta a mis 17 años, y mi padrastro había un juego secreto de celos por amores platónicos mutuos hacia Joan Báez y Joaquín Sabina. No es inverosímil pensar que ellos no solamente conocieron la música de Leonard Cohen sino que fue parte importante del transcurrir de su generación. Me deleito ahora en una escena apócrifa del encuentro entre mi padrastro Oswaldo (que algún tiempo fue diplomático en Grecia) y Leonard Cohen.

III

Este año 2016 en muchos sentidos fue un año de duelo. Para la escena musical, claro que sí. Para mí, el año 2016 trajo condensados en sí muchos sucesos. Mi regreso a Cochabamba, mi ciudad maternal, después de 9 años de vivir en La Paz. El violento asesinato de dos perros que crié como mis hijos y el abrupto abandono de Cochabamba para volver a La Paz y reencontrarme con otra vida pues volvía  esta ciudad desde la que escribo ahora con ojos nuevos, habiendo enterrado los que tuve en la misma fosa en las que enterré a mis dos animales. También fue el primer año de una vida nueva con mi esposa y el primer año de mi hija. Sufrí un colapso nervioso y tuve una vida apacible en una burbuja de la que tuve que despertar para encontrarme con “el monstruo que mora en las esquinas” (Perlongher).

A principios del año 2016 Iggy Pop volvió a la escena acompañado con una banda menor y lanzó un álbum con un título muy elocuente: Post Pop Depression. De este conjunto de canciones me quedo con “American Valhalla”. Valga hacer la digresión para alcarar que este ensayo es el anexo (o viceversa) de un mix que hice de canciones lanzadas este año. El Valhalla en la mitología nórdica es el lugar donde van los guerreros muertos en combate a continuar luchando. La banda menor que acompañó a Iggy Pop en este disco se llama Queens of the Stone Age. Más allá de mis preferencias y salvando el humor e ironía, me atrevo a llamar a esta banda “menor” en el sentido de que aún no son una banda consolidada en el mismo sentido que lo es, hoy en día Iggy Pop, una eminencia del rock. Son, en la medida en que pueda hacerse una afirmación tan descuidada, una banda joven. Iggy Pop, el viejo guerrero vuelve a  la escena con un impecable disco, acompañado por sangre más joven. La historia detrás del encuentro entre ambos no me interesa. Pero no puedo dejar de hacer un paralelismo con el disco que este mismo año sacó Les Claypool, líder de la inagotable banda Primus con Sean Lennon que además de ser músico es hijo de John Lennon. Volviendo a la canción de Iggy Pop quedémonos este fragmento:

Where is American Valhalla?

Death is the pill that’s tough to swallow

Is there anybody in there?

Who do I have to kill?

I’m not the man with everything

I’ve nothing, but my name

Si la grabación de este disco ocurrió en enero del 2016 no es difícil imaginar que Iggy Pop podría haber tenido en mente la muerte de David Bowie, recién ocurrida el 10 de enero. Seguramente, navegando un poco, sería fácil verificar esto. Pero prefiero quedarme con estas líneas escritas en la página de Iggy Pop en Wikipedia: “David Bowie e Iggy se instalaron en Berlín para desengancharse de la gran cantidad de cocaína que tomaban al día”. Este enunciado se refiere al año 1977. La importancia de lo que ocurrió esos años en Berlín, en cuanto a música, es por demás notable. No es momento para explicar esto. Pero el eslabón es claro.

El año 1967 Scott Walker lanzó su primer disco titulado Scott. En este disco está el cover, traducido al inglés, de la canción de Jacques Brel “Ma mort” (“My death” en el disco de Walker).  Hoy en día es difícil escuchar este disco y no pensar, a la vez, en los primeros discos de Leonard Cohen, sobre todo, en el hiperdepresivo Songs of Love and Hate. En esta vía, es también verosímil pensar que el disco de Walker, dada la mutua admiración de ambos por Jacques Brel, tuvo alguna sino mucha influencia sobre la música de Cohen.

Con todo esto en mente y a medida que escribo este ensayo me encuentro feliz con un eslabón que une todas estas ideas y todos estos afectos. Hurgando entre mis archivos de discos de David Bowie me encuentro, feliz y agradecido, con la interpretación de Bowie de este mismo tema. Si bien la versión de Walker es de lejos superior, por ahora quedémonos, adheridos a la melancolía, con la voz de Bowie interpretando este tema en los conciertos de la etapa de Ziggy Stardust:

My death waits like a beggar blind

Who sees the world through an unlit mind

Throw him a dime for the passing time

My death waits there between your thighs

Your cool fingers will close my eyes

Let’s not think of that and the passing time

My death waits to allow my friends

A few good times before it ends

So let’s drink to that and the passing time

(continuará…)

Hacer click acá para entrar al mix de canciones que acompaña a este texto: Mix2016

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Traducción de “Pure Comedy” de Father John Misty

COMEDIA PURA

La comedia del humano empieza así:

nuestros cerebros son demasiado anchos para las caderas de nuestras madres

y la naturaleza, ella comprende esta alternativa.

Nacemos formados a medias y con la esperanza de que aquel que nos salude en el otro lado
sea lo suficientemente amable para rellenarnos.

Y, nenes, así es básicamente como ha sido desde siempre.

Ahora bien, el milagro del nacimiento deja algunos asuntos que resolver.
Como, digamos, la mitad de nosotros tenemos deficiencia de hierro.
Y alguien tiene que ir a matar a algo mientras me quedo cuidando a los niños.
Lo haré yo mismo pero ¡qué!, ¿tú conseguirás esta cosa llamada leche?
Él dice que cuando regrese de cazar podemos turnarnos.
Es difícil no enamorarse de algo tan indefenso.
Damas, espero que no lleguemos a arrepentirnos de esto.

Comedia, eso es lo que yo llamo comedia pura.
Sólo esperando hasta el momento en el que ellos empiecen a creer
que son el centro de todo.
Y algún ser todopoderoso que le otorgó sentido a este show de horror.

Oh, las religiones están en su mejor momento.
Se adoran a sí mismas mientras están totalmente obsesionadas
con zombis que se levantan, con vírgenes celestiales, trucos de magia, estos increíbles disfraces.
Y se enojan terriblemente
cuando cuestionas sus textos sagrados
escritos por epilépticos que odian a las mujeres.
Su lenguaje sólo sirve para confundirse a sí mismos
y su confusión, de alguna manera, les da más certeza.
Construyen fortunas envenenando a sus descendientes
y otorgan premios cuando alguien patenta la cura.
¿De dónde sacaron a estos idiotas que eligieron para gobernar?
¿Y de qué materia están hechos estos payasos que idolatran para ser tan notables?
Estos mamíferos están todos empeñados en poner de moda a dioses nuevos
así pueden continuar siendo animales ateos.

¡Oh comedia!, sus ilusiones no tienen otra opción más que creer,
sus horizontes que eternamente están en retroceso.

¿Y qué tal esta ironía?: su idea de ser libres es una cárcel de ideas
que nunca deben abandonar.

¡Oh comedia!, ¡oh! es algo que solamente podría ser concebido por un demente.

La única cosa que parece hacerlos sentirlos vivos es la lucha por sobrevivir
pero la única cosa que piden es algo para adormecer su dolor.
Hasta que ya no queda nada de humano
sólo materia aleatoria suspendida en lo oscura.
Odio tener que decirlo pero lo único que nos queda es el uno para el otro.